Cuando me
arrimo a tu prosperidad pienso en lo tocante a mi propia indecencia; en el irremediable
deseo de proclamarme barranco, asidero de rapiña, avergonzada pienso en Nuestra
prosperidad, como futuro versado, imagino la vida atascada, interrogando sin
estragos el mismo cansancio. Un amor iracundo, rabioso que busca insolente
refugiarse en la más endeble, o en la que ama más. Te veo con otro, me veo con
otra. Te siento llorando, me veo desierta. Con la mueca recta despiadada, que
anticipa una parte de mí aún más impía: me desmorono e inauguro la agonía de
vivir con el perfume del desahucio.
Ahora te
deshonro porque no te quiero; ahora te desecho porque siempre fuiste
desechable. Ahora prefiero no mirarte, porque mis ojos ya no son los mismos.
Ahora no sé si te desconozco o te empiezo a reconocer. Podemos jugar otro
tanto. Puede seguir su curso este despecho. Después de habernos impregnado de
anhelos, tú seguirás buscando, por mi parte dejaré hasta acá el infortunio de
evocar este festejo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario